LA FAMILIA MARÍA MADRE,
UNA FAMILIA MISIONERA

FAMILIA MARÍA MADRE,
UNA FAMILIA MISIONERA

LA FAMILIA MARÍA MADRE, UNA FAMILIA MISIONERA

“Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia”

(Mt 5,7)

FAMILIA MARÍA MADRE, OBRA DE MISERICORDIA

Ante las dificultades que atraviesa la Iglesia en el momento actual, la Familia María Madre, como obra de misericordia espiritual, se siente llamada a orar expresamente por los sacerdotes y emprende un movimiento de ayuda de la mano de los hijos de Dios más desfavorecidos.

La Familia María Madre con su carisma propio y particular, con un lenguaje y una metodología nuevos, invita a todos sus miembros a colaborar en la misión de enriquecer el cuerpo eclesial y, al mismo tiempo, testimoniar de forma valiosa nuestro amor a Dios mediante la oración y el ofrecimiento, como alternativa a la acción y a la palabra.

“Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera –la acción, la segunda –la palabra, la tercera – la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí. De este modo el alma alaba y adora Mi misericordia”. (Santa Faustina Kowalska, Diario, 742)
Icono de manos sosteniendo corazón

Todos los integrantes de la Familia aspiran a ser testimonio del amor misericordioso de Dios recibiendo con sincero corazón al prójimo con espíritu de acogida y solidaridad, reconociendo el valor de cualquier persona, con independencia de su situación personal y aceptando con misericordia la oración y el ofrecimiento del prójimo.

MANOS--COGIENDOSE-2

FAMILIA MARÍA MADRE, FAMILIA MISIONERA

Nuestra misión, además del sostenimiento espiritual del sacerdocio ministerial por medio de la oración y el ofrecimiento, se extiende más lejos.

“Tú Mismo me mandas ejercitar los tres grados de la misericordia. El primero: la obra de misericordia, de cualquier tipo que sea. El segundo: la palabra de misericordia; si no puedo llevar a cabo una obra de misericordia, ayudaré con mis palabras. El tercero: la oración. Si no puedo mostrar misericordia por medio de obras o palabras, siempre puedo mostrarla por medio de la oración. Mi oración llega hasta donde físicamente no puedo llegar” (Diario de Santa Faustina, 163)

“En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo… En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”. (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, n. 15)

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia”. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza. (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, n. 10)

“El sufrimiento humano es esencial a la naturaleza del hombre (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 2), de una forma u otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre. Dado pues que el hombre, a través de su vida terrena, camina en un modo o en otro por el camino del sufrimiento, la Iglesia debería encontrarse con el hombre precisamente en este camino. En tal encuentro el hombre “se convierte en el camino de la Iglesia”, y es este uno de los caminos más importantes. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 3).

“El hombre sufre de modos diversos. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. El sufrimiento físico de cuando de cualquier manera “duele el cuerpo”, mientras que el sufrimiento moral es “dolor del alma”. Se trata, en efecto, del dolor del tipo espiritual”. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 5).

Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones. Aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 8).

En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. “Pasó haciendo el bien”, y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los “pobres de espíritu”, “los que lloran”, “los que tienen hambre y sed de justicia”, “los que padecen persecución por la justicia”, cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de mal por Cristo… Así según Mateo. Lucas menciona explícitamente a los que ahora padecen hambre. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 15).

Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo… Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible “que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna”. Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio de amor eterno, tiene un carácter redentor. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 16).

Este Hijo de la misma naturaleza  que el Padre, sufre como hombre. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 17).

Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente…Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento…Esta es la palabra última y sintética de esta enseñanza: “la doctrina de la Cruz…Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo”. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 18).

El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la Cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 18).

Puede afirmarse que junto con la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación…En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido…Los testigos de la Nueva Alianza hablan de la grandeza de la redención, que se lleva a cabo mediante el sufrimiento de Cristo. El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención.

Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 19).

En el misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre en la comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto: que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través de su Sacrificio –sacramentalmente mediante la Eucaristía – la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo. En este cuerpo Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo –como en unión con Cristo soporta sus “tribulaciones” el apóstol Pablo – no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que “completa” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. En este marco evangélico se pone de relieve, de modo, particular, la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo…En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo – en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia- , en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 24).

Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado…esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo…El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 24).

El sufrimiento… tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo. (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, nº. 24).

Los testigos de la cruz y de la resurrección de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico Evangelio del sufrimiento…al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento…A la luz del incomparable ejemplo de Cristo, reflejado con singular evidencia en la vida de su Madre, el Evangelio del sufrimiento, a través de la experiencia y la palabra de los Apóstoles, se convierte en fuente inagotable para las generaciones siempre nuevas que se suceden en la historia de la Iglesia.

“El Evangelio del sufrimiento significa no sólo la presencia del sufrimiento en el Evangelio, como uno de los temas de la Buena Nueva, sino además la revelación de la fuerza salvadora y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y luego en la misión y en la vocación de la Iglesia”. (Juan Pablo II, CA Salvifici Doloris, n.25)

«La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad…Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esa vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia: “Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”, todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado”. (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 16)

«¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.» (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, n. 5)

“Benedicto XVI, en su discurso del 11 de mayo de 2006  dijo:  » la disminución del número de sacerdotes (…) en ciertos lugares pone en peligro de manera preocupante el lugar de la sacramentalidad en la vida de la Iglesia…No se debe restar importancia al papel central del  sacerdote, que in persona Christi capitis enseña, santifica y gobierna a la comunidad. El sacerdocio ministerial es indispensable para la existencia de una comunidad eclesial. La importancia del papel de los laicos, a quienes agradezco su generosidad al servicio de las comunidades cristianas, no debe ocultar nunca el ministerio absolutamente irreemplazable de los sacerdotes para la vida de la Iglesia» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de mayo de 2006, p. 7).” (Congregación para el Clero. Vaticano, 15 de junio de 2007, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Carta con ocasión de la Jornada Mundial de oración por la santificación de los sacerdotes.)

“La Iglesia, al celebrar la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, invita a todos los creyentes a elevar la mirada de la  fe «a Aquel que traspasaron» (Jn 19, 37), al Corazón de Cristo, signo vivo y elocuente del amor invencible de Dios y fuente inagotable de gracia. Lo hace exhortando a los sacerdotes a buscar en sí mismos este signo, en cuanto depositarios y administradores de las riquezas del Corazón de Cristo, y a derramar el amor misericordioso de Cristo en los demás, en todos.

Verdaderamente, «la caridad de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14), escribe san Pablo. «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo se encuentran en todo el mundo», nos recuerda san Agustín (Comentario a la primera carta de san Juan, X, 5). Por esto, todo sacerdote debe tener espíritu misionero, es decir, espíritu verdaderamente «católico»; debe «recomenzar desde Cristo» para dirigirse a todos, recordando lo que afirmó nuestro Salvador, que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»; (1 Tm 2, 4). El sacerdote está llamado a encontrarse con Cristo en la oración y a conocerlo y amarlo también en el camino de la cruz, que es el camino del activo y abnegado servicio de la caridad.

Sólo así se demuestra y testimonia la autenticidad de su amor a Dios y se refleja en todos el Rostro misericordioso de Cristo. «La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando nos manifestamos hombres buenos en las obras», nos decía san Cirilo de Alejandría (Tractatus ad Tiberium diaconum sociumque, II, in divi Johannis Evangelium)”.(Congregación para el Clero. Vaticano, 15 de junio de 2007, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Carta con ocasión de la Jornada Mundial de oración por la santificación de los sacerdotes.)

“Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros”. Esto significa que la mies existe, pero que Dios quiere servirse de los hombres para que la lleven a los graneros.
Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies, que está madurando en el corazón de los hombres, pueda entrar realmente  en los graneros de la eternidad y transformarse en perenne comunión divina de alegría y de amor”.
“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies!” quiere decir también que no podemos “producir” vocaciones; estas vienen de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, mediante, por decirlo así, estrategias adecuadas. La llamada parte del corazón de Dios y encuentra siempre la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, se necesita también nuestra colaboración.

Pedir esto al Dueño de la mies significa ante todo, no cabe duda, orar por ello, sacudir el corazón del Dueño, diciéndole: “¡Hazlo, por favor! ¡Despierta a los hombres! ¡Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio! ¡Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso, más que cualquier otro, y que quien lo descubre no puede hacer otra cosa que transmitirlo!”.

Podemos sacudir el corazón de Dios. Pero no solo se reza a Dios con palabras; es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón orante salte la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su “sí”. Como personas orantes, llenas de su luz, podemos llegar a los demás e implicarnos en nuestra oración, haciéndoles entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido, queremos seguir orando siempre al dueño de la mies, sacudir su corazón y, unidos a Dios, tocar también desde la oración el corazón de los hombres. Que Él, según su voluntad, les vaya haciendo madurar el “sí”, la disponibilidad; también la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y de la oscuridad de la noche; la necesidad de perseverar fielmente en el servicio, aprendiendo precisamente de este servicio continuado que el esfuerzo, aunque costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres  reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.»(Benedicto XVI En el encuentro con los sacerdotes y los diáconos en Freising (Alemania), el 14 de septiembre de 2016).

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20)

Nuestra misión se desarrolla en cuatro proyectos:

PROYECTO BELÉN

PROYECTO NAZARET

PROYECTO GALILEA

PROYECTO STELLA MARIS

Virgen-María-y-Jesús

MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA

La Familia María Madre contempla a María como Madre de misericordia recordando que ella, como Madre de todos los hombres, nos muestra el camino y nos acompaña en todo momento con su amor maternal. Aprendamos de ella a ser también “maternales” con nuestros hermanos, sobre todo con nuestros hermanos más frágiles.

“Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (Pablo VI Lumen Gentium, 65).

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