La oración de petición

José María Iraburu, sacerdote

–Me sospecho que en este artículo pretende usted confirmar que en el combate contra el coronavirus la oración de petición es el arma más potente.

–Pues sí, pero como es el medio principal para conseguir todos los bienes materiales y espirituales que debe procurar un cristiano, por eso no lo he puesto como Coronavirus-VI.

La oración de petición

Petición, alabanza y acción de gracias son las formas fundamentales de la oración bíblica, y por tanto de la oración cristiana. No se contraponen entre sí, sino que se complementan. La petición prepara y anticipa la acción de gracias, y en sí misma es ya una alabanza, pues confiesa que Dios es bueno y omnipotente, fuente de todo bien. La alabanza y la acción de gracias brotan del corazón creyente, que habiendo pedido a Dios, no se atribuye a si mismo el bien logrado, sino que recibe después ese bien como don de Dios. Por eso los tres géneros de oración se potencian y exigen mutuamente, como se ve, por ejemplo, en las oraciones de los Salmos (21,23-32; 32,22; 128,5-8).

La oración primordial

Muchos de los Salmos son de petición personal o comunitaria. Cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñara a orar les dio el Padrenuestro, siete peticiones, una tras otra. En la Liturgia, por ejemplo, en la Misa y las Horas, casi siempre está presente la súplica. Y debemos reconocer que Salmos, Padrenuestro y Liturgia son las escuelas más altas de la oración cristiana. Asimilemos, pues, la oración de petición como integrante primordial de la oración.

La oración cristiana es como la respiración del alma: por la petición aspira, y por la alabanza y la acción de gracias expira. «Siempre y en todo lugar» hemos de dar gracias a Dios: «todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él» (Col 3,17). Siempre y en todo lugar hemos de orar pidiendo a Dios, «sin cesar» (Col 1,9), «noche y día» (1Tes 3,10). Sea, pues, continua para mantener y acrecentar nuestra vida espiritual la oración de petición y de acción de gracias a Dios, como es continua la respiración para la vida corporal.

En la navegación de la vida cristiana la oración de petición ha de ir siempre por delante, como la proa del barco. ¿Quieres crecer en caridad fraterna, en facilidad para perdonar, en laboriosidad, en oración, en castidad, en paciencia y en tantas otras virtudes cristianas? Comienza por pedirlas al Señor humildemente, reconociendo tu debilidad y confesando que la fuerza para el bien ha de venirnos de Él –«Sin mí no podéis hacer NADA» (Jn 15,5)– por gracia de su bondad gratuita y misericordiosa. Y que la oración de petición siga siempre el empeño voluntario por lograr lo que se pide.

Esto el pueblo cristiano fiel lo ha entendido siempre, como los mismos refranes populares lo expresan. A Dios rogando y con el mazo dando. A Dios rogando por delante, pero trabajando lo debido –que tantas veces no será mucho– para obtener lo que pretendes. Ora et labora, sí, las dos cosas, pero el ora siempre por delante y seguido de las obras consecuentes. La frase está en la Regla de San Benito, pero ya estaba formulada antes que él, y es asimilada por los cristianos porque expresa su fe.

–Oración menospreciada

Parece increíble, pero no son hoy pocos los cristianos que menosprecian la oración de petición, como si fuera una oración inferior, y en cierto modo vana y peligrosa. ¿De dónde ha podido venir ese error tan miserable? Del modernismo progre, pelagiano y evolucionista, que ha dado como fruto principal la apostasía.

No hace falta pedir a Dios, porque Él nos ama y conoce nuestras necesidades (Mt 6,32). Pidiendo y pidiendo, la religiosidad del cristiano se hace egocéntrica, y se autoconstruye un dios Tapaagujeros, que trata de poner a su servicio. No entiende el torpe cristiano que el desarrollo de la evolución personal y universal es inexorable, y en modo alguno la petición orante puede frenarlo o reorientarlo: lo que ha de ser, será. Si la dialéctica de la evolucion histórica exige que haya una guerra, es inútil orar por la paz. La oración de petición frena el esfuerzo inteligente del hombre, pidiendo y esperando de Dios los bienes que el propio trabajo humano habría de conseguir. Infantiliza así a la humanidad, apaga su creatividad, esperando los bienes de Dios generoso. Además, por mucho que se le pida, Dios nos hace milagros, porque respeta la total autonomía de la Creación. No altera las leyes naturales que Él mismo impulsó en su ser y en su evolución.   

Todo esto es absolutamente inconciliable con la fe: con la Sagrada Escritura, con la enseñanza de Cristo, con la doctrina de la Iglesia. Ora et labora es el lema de las naciones cristianas, que son justamente las que en la historia de la humanidad han logrado en todas las dimensiones los desarrollos más perfectos. También hay que decir que la apostasía de los pueblos cristianos, sobre todo del Occidente rico, ha producido en la humanidad los peores males conocidos. Y ese trágico dato confirma la grandiosidad de su pasado cristiano: corruptio optimi, pessima.

En el nombre de Jesús

Pidamos en el nombre de Jesús (Jn 14,13; 15,16; 16,23-26; Ef 5,20; Col 3,17). Esto significa dos cosas: –primera, orar al Padre en la misma actitud filial de Jesús, participando de su Espíritu (Gál 4,6; Rm 8,15; Ef 5,18-19), y –segunda, pedir por Jesús, por el Mediador (Rm 1,8;1,25; 2 Cor 1,20; Heb 13,15; Hch 4,30), es decir, tomándole como abogado nuestro (1Tim 2,5; Heb 8,6; 9,15; 12,24).

«Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene» (Rm 8,26), y pedimos mal (Sant 4,3). Pero Jesús nos comunica su Espíritu para que pidamos así en su nombre: «cuanto pidiéreis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (Jn 16,23-24). Pedimos en el nombre de Jesús cuando queremos que se haga en nosotros la voluntad del Padre, no la nuestra (Lc 22,42); y cuando pedimos con sencillez, como él nos enseñó a hacerlo: «orando, no seáis habladores como los gentiles, que piensan que serán escuchados por su mucho hablar. No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes de que se las pidáis» (Mt 6,7-8; +32).

Oración mal hecha

Se hace mal a veces la oración de petición, se hace con exigencia, como queriendo doblegar la voluntad de Dios a la nuestra, con «amenazas» incluso. Así, pervertida, la oración de petición es muy dañosa: apega más a las criaturas, obstina en la propia voluntad, no consigue nada, genera dudas de fe, produce hastío y frustración, y conduce fácilmente al abandono de la oración. Y de la misma fe.

Oración propia de los humildes

Pidiendo a Dios, abrimos en la humildad nuestro corazón a los dones que Él quiere darnos. El soberbio se encierra en su precaria autosuficiencia; no pide, a no ser como último recurso, cuando todo intento ha fracasado y la necesidad apremia; y entonces pide mal, con exigencia, marcando plazos y modos. En cambio el humilde pide, pide siempre, pide todo, y la oración de petición es la proa de todos sus intentos. Como siempre está respirando, así su alma está siempre pidiendo a Dios. Y es que se hace como niño para entrar en el Reino, y los niños, cuando algo necesitan, lo primero que hacen es pedirlo. San Pablo nos da ejemplo: él pedía «sin cesar», «noche y día» (Col 1,9; 1Tes 3,10).

Oración superflua para los pelagianos

San Agustín, frente a los autosuficientes pelagianos, clarificó bien esta cuestión: «El hecho de que [el Señor] nos haya enseñado a orar, si pensamos que lo que Dios pretende con ello es llegar a conocer nuestra voluntad, puede sorprendernos. Pero no es eso lo que pretende, ya que él la conoce muy bien. Lo que quiere es que, mediante la oración [de petición], avivemos nuestro deseo, a fin de que estemos lo suficientemente abiertos para poder recibir lo que ha de darnos» (ML 33,499-500).

«En la oración, pues, se realiza la conversión del corazón del hombre hacia Aquél que siempre está preparado para dar, si estuviéramos nosotros preparados a recibir lo que El nos daría» (34,1275). «Dios quiere dar, pero no da sino al que le pide, no sea que dé al que no recibe» (37,1324).

Dios da sus dones a los humildes

«Dios resiste a los soberbios, y da su gracia a los humildes» (Prov 3,34; 1Pedro 5,5; Sant 4,6), que son quienes le piden. Quienes por la gracia viven en la humildad, pueden recibir grandes dones sin enorgullecerse de ellos, lo que los alejaría de Dios. Es la humildad, expresada y actualizada en la oración continua de petición, la que nos dispone a recibir los dones que Dios quiere darnos. Por eso los humildes piden, y crecen rápidamente en la gracia, con gran sencillez y seguridad. Y es que «Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que a su tiempo os ensalce. Echad sobre Él todos vuestros cuidados, puesto que tiene providencia de vosotros» (1Pe 5,5-7).

Oración siempre eficaz

La oración de petición tiene una eficacia infalible. Es, sin duda, el medio principal para crecer en Cristo y para verse libre de todos los males, pues la petición orante va mucho más allá de nuestras fuerzas espirituales y de nuestros méritos, y se apoya inmediatamente en la gratuita bondad de Dios misericordioso. De ahí viene nuestra segura esperanza, certificada por Cristo: «pedid y recibiréis» (Jn 16,24; +Mt 21,22; Is 65,24; Sal 144,19; Lc 11,9-13; 1Jn 5,14).

Dios responde siempre a nuestras peticiones, aunque no siempre según el tiempo y manera que deseábamos. Cristo oró «con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte, y fue escuchado» (Heb 5,7). No fue escuchada su petición mediante la supresión de la cruz redentora –«aleja de mí este cáliz» (Mc 14,36)–; pero sí fue escuchada, sin embargo, de un modo mucho más sublime, en su resurrección –«pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, le resucitó» (Hch 2,24)–.

–¿Oración inútil?

Algunos piensan que la oración de petición es vana, pues la Providencia divina es infalible e inmutable. Ahora bien, si consideran superflua la oración porque la Providencia es inmutable, ¿para qué procuran ciertos bienes por el trabajo, si lo que ha de suceder vendrá infaliblemente, como ya determinado por la Providencia? Déjenlo todo en manos de Dios, y no oren ni laboren

Por el contrario, a los cristianos nos ha sido dada la doble norma de la oración y del trabajo, y sabemos que con una y con otro estamos co-laborando con la Providencia divina, sin que por eso pretendamos cambiarla o sustituirla.

Pedirlo todo

Pidamos a Dios todo género de bienes, materiales o espirituales, el pan de cada día, la paz, la unidad, el perdón de los pecados, el alivio en la enfermedad (Sant 5,13-16), el acrecentamiento de nuestra fe (Mc 9,24). Pidamos por los amigos, por las autoridades civiles y religiosas (1Tim 2,2; Heb 13,17-18), por la conversión de los pecadores (1Jn 5,16) –petición muy escasamente presente en el Libro de las Preces–, por los enemigos y los que nos persiguen (Mt 5,44), en fin, «por todos los hombres» (1Tim 2,1). Pidamos al Señor que envíe obreros a su mies (Mt 9,38), y que nuestras peticiones ayuden siempre el trabajo misionero de los apóstoles (Rm 15,30s; 2Cor 1,11; Ef 6,19; Col 4,3; 1Tes 5,25; 2Tes 3,1-2).

Nuestras peticiones, con el crecimiento espiritual, se irán simplificando y universalizando. Y acabaremos pidiendo sólo lo que Dios quiere que le pidamos –como enseña San Juan de la Cruz–, en perfecta docilidad al Espíritu: «y así, las obras y ruegos de estas almas siempre tienen efecto» (3 Subida 2,9-10)–. En fin, pidamos más que todo el Don primero, del cual derivan todos los dones: pidamos el Espíritu Santo (Lc 11, 13).

Pidamos con audacia

Pidamos al Señor con el atrevimiento propio de los hijos. Antes he relacionado la oración con la respiración, y el pedir con el aspirar. Pues bien, «aspirad [pedid] a los más alto dones” (1Cor 12,31]. Pidamos la santidad, pidamos la fuerza apostólica, la paciencia sin límites, la conversión de un familiar pecador, etc., todo lo que la fe nos muestra como bien deseable. No estemos encogidos y autolimitados a la hora de pedir, pidiendo sólo aquello que casi está a nuestro alcance, pero que no conseguimos. Seamos muy conscientes de que “lo que es imposible para el hombre es posible para Dios” (Lc 18,27). Sepamos bien que nuestra petición no se apoya en nuestras posibilidades y nuestros méritos, sino que se dirige in-mediatamente a la bondad misericordiosa y gratuita de Dios omnipotente, nuestro Padre celestial. Aspiremos, pues, a los más altos dones, confiando sólo en el amor que Dios nos tiene, y en la sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que se derramó por nosotros, para hacernos santos hijos de Dios. 

Oremos por todos los hombres

Pidamos unos por otros, haciendo oficio de intercesores, pues eso es propio de nuestra condición sacerdotal cristiana (1Tim 2,1-2). Así oró Cristo tantas veces por nosotros (Jn 17,6-26), también en la cruz (Lc 23,34; +Hch 7,60). Así oraban los primeros cristianos en favor de Pedro encarcelado (12,5), o por Pablo y Bernabé, enviados a predicar (13,3; +14,23). Oremos por nuestros familiares y compañeros, por todos aquellos que la Providencia ha puesto más cerca de nosotros. Oremos por nuestros amigos y por los enemigos que nos persiguen (Mt 5,44), y por las Autoridades civiles y religiosas que Dios nos ha dado (1Tim 2,2). Así lo hace continuamente la Santa Madre Iglesia, que en su liturgia nos mueve y nos enseña a pedir siempre por todos.

–Pidamos oraciones

Pidamos también a otros que rueguen por nosotros, que nos encomienden ante el Señor. De este modo estimulamos en nuestros hermanos la oración de intercesión, que es una de las formas de oración más gratas al Señor y más recomendadas en el Nuevo Testamento, particularmente en las cartas de San Pablo. Y con ello no sólo recibimos la ayuda espiritual de nuestros hermanos, sino que los asociamos también a nuestra vida y a nuestras obras.

Artículo de: José María Iraburu, sacerdote

Fuente: Infocatólica. Blog de D. José María Iraburu Reforma o Apostasía

https://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/2005011118-592-la-oracion-de-peticion#more39548