María y el sacerdote

Pedro Jesús Lasanta, sacerdote

El Papa san Pablo VI mostró la importancia de la presencia de la Virgen María en la vida del sacerdote: «La sincera devoción a la Madre de Dios es necesaria para todo fiel, pero, sobre todo al sacerdote, pues Ella, además de otros singulares beneficios, es el modelo de nuestro amor a Dios, a Cristo y a la Iglesia; Ella es la más dulce de todas, Madre de la gracia, ejemplo de todas las virtudes, presenta muy claro el ideal de la perfección evangélica»[1].

Remontándonos al momento crucial de la salvación del género humano, cuando Cristo fue alzado sobre la tierra en el patíbulo de la Cruz, una de sus últimas palabras -testamento de amor- fue la que describió entrañablemente san Juan Pablo II: «Hablando desde lo alto de la cruz en el Gólgota, Cristo dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y el discípulo la recibió en su casa como Madre (Jn 19,27). Introduzcamos también noso­tros a María como Madre en la ‘casa’ interior de nuestro sacerdocio«[2].

El sacerdote -como Cristo- necesita a María. Si Jesu­cristo la confió a Juan -como Madre especial de los sacerdo­tes-, está claro que el sacerdote deberá acogerla en su casa, al igual que el discípulo amado: Él necesita profundamente el auxilio materno de la Santísima Virgen. Así lo propuso, en repetidas ocasiones, san Juan Pablo II. Incluso él mismo lo realizó por todos los sacer­dotes del mundo: «Queridos hermanos: Al comienzo de mi minis­terio os encomiendo a todos a la Madre de Cristo, que de modo particu­lar es nuestra Madre: la Madre de los sacerdotes. De hecho, al discípulo predilecto, que siendo uno de los Doce había escuchado en el Cenáculo las palabras: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19), Cristo, desde lo alto de la Cruz, lo señaló a su Madre, diciéndole: He ahí a tu Hijo. El hombre, que el Jueves Santo recibió el poder de celebrar la Eucaristía, con estas pala­bras del Redentor agonizante fue dado a su Madre como hijo. Todos nosotros, por consiguiente, que recibimos el mismo poder mediante la ordenación sacerdotal, en cierto sentido somos los primeros en tener el derecho a ver en Ella a nuestra Madre. De­seo, por consiguiente, que todos vosotros, junto conmigo, encon­tréis en María la Madre del sacerdocio, que hemos recibido de Cristo. Deseo, además, que confiéis a Ella particularmente vues­tro sacerdocio. Permitid que yo mismo lo haga, poniendo en las manos de la Madre de Cristo a cada uno de vosotros -sin excep­ción alguna- de modo solem­ne y, al mismo tiempo, sencillo y hu­milde. Os ruego también, amados hermanos, que cada uno de voso­tros lo realice perso­nalmente, como se lo dicte su corazón, sobre todo el propio amor a Cristo-Sacerdote, y también la propia debi­lidad, que camina a la par con el deseo del servicio y de la santidad. Os lo ruego encarecidamente»[3].

Este introducir a María en la propia casa resulta enormemente sugestivo. El sacerdote llamado a ser él mismo Cristo debe ser célibe… En la adhesión filial a Santa María encontrará un equilibrio maravilloso, de modo que su paternidad espiri­tual, quedará inmensamente enriquecida en Aquella que es Madre y Medianera de todas las gracias.

Jesucristo Sacerdote nació y se formó a la sombra de María, como Maestra del que es El Maestro de la humanidad. El sacerdote, igualmente, necesita tomar a María como Maes­tra de su sa­cerdocio.

El Redentor de los hombres inició y culminó su sacerdo­cio en compañía de María. Más aún: en estrecha unión con María. Ya en Caná de Galilea actuó sacerdotalmente, por pri­mera vez, a instancias de su Madre: No tienen vino… Haced lo que Él os diga  (Jn 2,5). Y, en el Calvario Ella guarda silen­cio, pero actúa como Correden­tora (Reina de los Mártires) sufriendo sobremanera, y uniéndose a la Pasión de su Hijo. De igual modo, el sacerdote no puede plantear su sacerdocio al margen de María: necesita de Ella como Madre fiel, medianera de las gracias que irá recibiendo a lo largo de la vida, también de aquellas gracias con que el Señor bendecirá su trabajo ministerial. Como Madre entrañable, Ella será con­suelo y guía en su trabajo pastoral.

Por otra parte, la estrecha relación de María con el sacramento del Orden la descubrimos presente en la tradición teológi­ca. María, efectivamente, no fue sacerdote[4] (como mujer no pudo recibir esta gracia); pero, como Madre de Cris­to tiene el sacer­docio fontal. Es decir, Ella es la fuente del sacerdocio de Cristo (el Verbo de Dios no podía ser Sacerdote sin la Encarnación, sin asumir la naturaleza humana, por cuya oblación sacrificial reali­zaría la razón del ser sacerdotal de Cristo); y, de Cristo parti­cipan sacramentalmente los sa­cerdotes. Por tanto, los presbíteros han de tener a María como Madre de su sacerdocio, Madre que es fuente, que es origen… Ella también será ayuda eficaz en orden a vivir fielmente.

El sacerdote -como sugirió el Pontífice- debe vivir unido a María, para así realizar fructíferamente su ideal: «El Conci­lio enseña que María, avanzando en la peregri­nación de la fe me­diante su perfecta unión con el Hijo hasta la Cruz, precedió, presentándose de forma eminente y singular a todo el pueblo de Dios, a lo largo del mismo camino, si­guiendo a Cristo en el Espíritu Santo. ¿No deberíamos unirnos a Ella especialmente nosotros sacerdotes que, como Pastores de la Iglesia, debemos guiar también a las comunidades confiadas a nosotros, por el camino que desde el Cenáculo de Pentecos­tés sigue a Cristo a través de la historia del hom­bre?»[5].

San Juan Pablo II dedicó páginas abundantes, llenas de belleza y de amor filial, a la Madre de Dios, a cuyo patrocinio quiso confiar su Pontificado: Totus tuus. Abundando en sus enseñanzas mariológicas, dedicó una Encíclica a la Santísima Virgen: Redemptoris Mater (25-3-1987), y convocó la celebración de un Año mariano (1987). ¡María debe estar siempre presente –y vivir- en el corazón del sacerdote!

Rememorando a este egregio Pastor y teniendo presente la institución de la Sagrada Eucaristía, advirtió cómo en aquel momento no faltó la presencia de la Madre. Tampoco puede faltar en la vida del sacerdote: «Para nosotros, como sacerdotes, la última cena es un momento particularmente santo. Cristo, que dice a los Apóstoles: Haced esto en conmemoración mía (1 Cor 11,24), instituye el sacramento del Orden. En nuestra vida de presbíteros este momento es esencialmente cristocéntrico: en efecto, recibimos el sacerdocio de Cristo-sacerdote, único sacerdote de la nueva alianza. Pero pensando en el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre que, in persona Christi, ofrecemos, nos es difícil no entrever en este sacrificio la presencia de la madre. María dio la vida al Hijo de Dios, así como han hecho con nosotros nuestras madres, para que Él se ofreciera y nosotros también nos ofreciésemos en sacrificio junto con Él mediante el ministerio sacerdotal. Detrás de esta misión está la vocación recibida de Dios, pero se esconde también el gran amor de nuestras madres, de la misma manera que tras el sacrificio de Cristo en el cenáculo se ocultaba el inefable amor de su Madre: ¡De qué manera tan real, y al mismo tiempo discreta, está presente la maternidad y, gracias a ella, la femineidad en el sacramento del Orden, cuya fiesta renovamos cada año el Jueves santo!»[6].

En esta lógica de vida sacerdotal, el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros remarca la necesidad de que el sacerdote viva una espiritualidad mariana: «Existe una ´relación especial (…) entre la Madre de Jesús y el sacerdocio de los ministros del Hijo´, que deriva de la relación que hay entre la divina maternidad de María y el sacerdocio de Cristo[7]. En dicha relación está radicada la espiritualidad mariana de todo presbítero. La espiritualidad sacerdotal no puede considerarse completa si no toma seriamente en consideración el testamento de Cristo crucificado, que quiso confiar a Su Madre al discípulo predilecto y, a través de él, a todos los sacerdotes, que han sido llamados a continuar Su obra de redención» (n. 68a-b). Los sacerdotes han sido formados en el Corazón de María, y con ella deben tener un trato asiduo, confianza e intimidad. De ella deberán aprender las virtudes, y a ella habrá de confiar su vida y ministerio. El Directorio llega a concretar la piedad mariana, invitando a los sacerdotes a rezar el Rosario como devoción que no puede faltar en la organización de su vida espiritual (cf. ib., n.39b). Cosa que también aconsejó el Concilio (cf. Presbyterorum Ordinis, 18), el Código de Derecho Canónico (cf. can. 246,3; 276,2-5º) y la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (cf. 36. 38. 45. 82).

Mucho trató el Papa Benedicto XVI sobre los sacerdotes y la Virgen María a lo largo del pontificado. Especialmente cuando hubo de afrontar la crisis,  causada por la bomba de los casos de pederastia entre el clero. En María –vino a decir-, los sacerdotes hallan siempre un refugio seguro para el sacerdocio, también un punto de apoyo fundamental.

Él tuvo a bien obsequiar a los sacerdotes con la Carta para la convocación de un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies natalis del santo Cura de Ars, 16-6-2009. E infundió ánimos y sabiduría sacerdotal abundantes.

Jesucristo es el Hombre-Dios, el Sumo y Eterno Sacerdote que compartió la vida estrechamente con María. Ella fue su Maestra, la que le enseñó en cuanto hombre a ofrecerse a Dios por la salvación del género humano, como ella lo hiciera desde temprana edad. ¡María siempre quiso ser de Dios!,… ¡por entero!,… ¡para siempre!…

Teniendo presente que Jesús es el Primer y Gran Sacerdote, que aprendió y tomó la vida de María, podemos saborear estas sabias palabras de Benedicto: “Ya desde los primeros tiempos, a la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está unida una veneración particular a su Madre, la Mujer en cuyo seno asumió la naturaleza humana, compartiendo incluso el latido de su corazón, la Mujer que lo acompañó con delicadeza y respeto durante su vida, hasta su muerte en Cruz, y a cuyo amor materno Él, al final, encomendó al discípulo predilecto y con él a toda la humanidad”[8]. ¡Así ha de ser la vida de todo sacerdote!: estrechamente unidos a la Madre.

María –a nosotros sus hijos, sacerdotes-, como ella misma hizo en su vida quiere enseñarnos a decir siempre a Dios. El sí de Jesús en Getsemaní, ¿no lo aprendería de María?…

Escuchemos, pues, al Pontífice: “He aquí la sierva del Señor (Lc 1,28). Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella. En la bondad con la que ella acogió y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y pequeñas aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y así la gran Luz de Dios, al mundo. Él nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de ella a pronunciar el que nos hace ser buenos”[9].

Comentando el momento cumbre en la vida del Sumo y Eterno Sacerdote y de María, “San Juan, el hijo predilecto, acogió a la madre María en su casa. Así dice la traducción italiana, pero el texto griego es mucho más profundo, mucho más rico. Podríamos traducir: acogió a María en lo íntimo de su vida, de su ser, «eis tà ìdia», en la profundidad de su ser.

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia —no es algo exterior— y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado. Me parece que se comprende, por lo tanto, que la peculiar relación de maternidad que existe entre María y los presbíteros es la fuente primaria, el motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su Corazón, y porque también ellos, como ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre.

“El concilio Vaticano II invita a los sacerdotes a contemplar a María como el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como «Madre del sumo y eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio de los presbíteros en su ministerio». Y los presbíteros —prosigue el Concilio— «han de venerarla y amarla con devoción y culto filial» (Presbyterorum ordinis, 18).

“El santo cura de Ars (…) solía repetir: «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su santa Madre»[10]. Esto vale para todo cristiano, para todos nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes.

“Queridos hermanos y hermanas, oremos para que María haga a todos los sacerdotes, en todos los problemas del mundo de hoy, conformes a la imagen de su Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de Pastor bueno.

“¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros!”[11].

Es cierto que nuestro sacerdocio nació del Corazón de Cristo en el Cenáculo. Tanto en la Cena pascual como en la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. No es casualidad que en ambos acontecimientos estuviera presente María (en el primero no consta, pero, ¿dónde iba a estar la Madre sin el Cordero, dispuesto ya para el Sacrificio?…). Los Corazones de Jesús y de María son inseparables: donde está uno está el otro.

Fue en Pentecostés cuando la ordenación sacerdotal de los Doce adquirió su zénit, su culminación propia. ¡Y allí estaba María!… Por eso, como dio a entender Benedicto XVI, sin María no hay sacerdocio: “No hay Pentecostés sin la Virgen María. Así fue al inicio, en el Cenáculo, donde los discípulos perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos, como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (1,14). Y así es siempre, en cada lugar y en cada época”[12].

Llegamos ahora al Papa actual, Francisco, que tan densas y sustanciosas enseñanzas nos va confiando a los sacerdotes. Entre otras cosas, nos ha invitado a hacer lo que Jesús siempre hizo, estar pendientes de María: ¡el Creador de la criatura!… ¡El Santísimo de la Toda Santa!, como se proclama a María en Oriente: su santidad es la de Dios en ella. ¡Cuánto más nosotros, tan llenos de flaquezas y miserias!…

Dice Francisco: “Cada vez que voy a un Santuario Mariano, me gusta ganar tiempo mirando y dejándome mirar por la Madre, pidiendo la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí esta su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo. Y en ese estar mirándola, escuchar una vez más como el indio Juan Diego: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?»[13].

“Mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes» (Evangelii Gaudium, 288)”[14].

Nosotros, sacerdotes por la gracia y misericordia de Dios, si nos volviéramos como niños, ¡no erraremos el camino, y llevaremos a muchos al Cielo!, pues el Reino de los cielos es de los que se hacen como niños (Mt 18,3).

Pedro Jesús Lasanta, sacerdote . Del libro Sacerdotes en el tercer milenio, Logroño, 2009, ampliado.

Pedro Jesús Lasanta Casero

Nació el 30-6-1957 en Eibar, Guipúzcoa (España). De padres riojanos fue ordenado sacerdote el 18 de junio 1981 en el Seminario de Logroño.
Doctor en Derecho Canónico, en Derecho y en Teología. Sacerdote capellán en Diócesis de Calahorra, La Calzada-Logroño y alrededores, España.

Es autor de numerosos libros con las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, de pastoral y de vida espiritual, de teología y filosofía así como autor de diversos artículos en revistas de Iglesia y en la prensa local.

Sacerdotes en el tercer milenio. Este libro recoge y desarrolla las enseñanzas de la Iglesia acerca del sacerdocio: Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, contando con las aportaciones del Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros, además del Catecismo de la Iglesia Católica y de Pastores dabo vobis.

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[1] SAN PABLO VI: Carta apostólica en el centenario del nacimiento de San Francisco de Sales, 29-1-1967, n.5d.

[2]  SAN JUAN PABLO II: Carta a los sacerdotes, 25-3-1988; Cfr. Discurso al Movimiento focolar, 26-5-1988.

[3]  SAN JUAN PABLO II: Carta a los sacerdotes, 8-4-1979, n.11a.

[4]  «María, que no recibió el carisma del sacerdocio ministerial, es quien ha vivido en la forma más alta y más pura, du­rante toda su vida, ese sacerdocio real que consiste en ofrecerse uno mismo en oblación de amor al Padre (cf. Rm 12,1). Partici­par plenamente en el sacerdocio de Cristo es por tanto para nosotros, antes que nada, ‘revivir’ la ofren­da total de sí hecha por María, ‘unida a Cristo en su despo­ja­miento’ (Redemptoris Mater, 18) y, sobre esta base, aco­ger y ejercitar el don gra­tuito del sacerdocio ministerial» (SAN JUAN PABLO II: Dis­curso a los focolares, 26-5-1988).

[5]  SAN JUAN PABLO II: Carta a los sacerdotes, 25-3-1988.

[6]  SAN JUAN PABLO II: Carta a los sacerdotes, 25-3-1995, n.3d.

[7] Cfr. SAN JUAN PABLO II: Catequesis, 30-6-1993.

[8] BENEDICTO XVI: Alocución en la Plaza «Am Hof», Viena, 7-9-2007.

[9] BENEDICTO XVI: Homilía en ordenaciones episcopales, 12-9-2009.

[10] NODET, B.: Il pensiero e l’anima del Curato d’Ars, Turín 1967, p. 305.

[11] BENEDICTO XVI: Audiencia General, 12-8-2009.

[12] BENEDICTO XVI: Alocución dominical, 23-5-2010.

[13] Cfr. Nican Mopohua, 107, 118, 119.

[14] FRANCISCO: Carta a los sacerdotes en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars, 4-8-2019, n. III.