PROYECTO
BELÉN

PROYECTO BELÉN

“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres
en quienes él se complace” (Lc 2, 14)
“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2, 14)
“Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva. ¡Y dichoso aquel a quien yo no le sirva de escándalo!”

(Mt 11, 4-6)

VOLUNTARIADO DE SOSTENIMIENTO ESPIRITUAL DEL SACERDOCIO CATÓLICO.
ACCIÓN MISIONERA DE LOS MÁS VULNERABLES MEDIANTE EL
APADRINAMIENTO ESPIRITUAL DE LOS SACERDOTES

VOLUNTARIADO DE SOSTENIMIENTO ESPIRITUAL DEL SACERDOCIO CATÓLICO. ACCIÓN MISIONERA DE LOS MÁS VULNERABLES MEDIANTE EL APADRINAMIENTO ESPIRITUAL DE LOS SACERDOTES

NUESTRO OBJETIVO

El proyecto Belén pone todo su esfuerzo en la consecución de los principales fines de la Familia María Madre: impulsar, mediante una acción evangelizadora y misionera y a través de la integración de los hermanos más frágiles, el sostenimiento espiritual del sacerdocio católico; dar a conocer el valor salvífico del sufrimiento humano y contribuir a la edificación del Reino de Cristo.

La Familia María Madre hace un llamamiento a todo el pueblo de Dios y a todo hombre de buena voluntad a participar en la Iglesia cumpliendo con el mandamiento del amor. En este sentido, todos los bautizados somos convocados a trabajar en la viña y llamados a la misión en virtud del sacramento del bautismo y a contribuir en la edificación del Reino de Dios.

Consciente de que el ministerio sacerdotal atraviesa muchas dificultades, este proyecto promueve un movimiento de ayuda haciendo un llamamiento a la colaboración a muchas almas sufrientes y a los pequeños y humildes de corazón.

El proyecto Belén ofrece una posibilidad real y muy beneficiosa de practicar una obra de misericordia para todas aquellas personas que sufren, quienes encuentran sentido a su sufrimiento cuando descubren que el dolor unido al sacrificio de Jesús es un poderoso intercesor ante Dios, un don sumamente valioso para la Iglesia.

“Diversa es la disposición, que el hombre lleva en el sufrimiento. Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del “por qué”. Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre Él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz, desde el centro de su propio sufrimiento…El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación, a lo largo del camino del encuentro interior con el Maestro, es a su vez algo más que una mera respuesta abstracta a la pregunta acerca del significado del sufrimiento. Esta es, efecto, ante todo una llamada. Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: “Sígueme”, “Ven”, toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.

Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no solo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás. El hombre se siente condenado a recibir ayuda y asistencia por parte de los demás y, a la vez, se considera a sí mismo inútil. El descubrimiento del sentido salvífico en unión con Cristo transforma esta sensación deprimente. La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre “completa lo que falta a los padecimientos de Cristo”; que en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible. En el cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. En la lucha “cósmica” entre las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios, los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas.

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. El hombre, cuanto más se siente amenazado por el pecado, cuánto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en sí el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo…

Es menester pues que a la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo —especialmente cuantos sufren a causa de su fe en El Crucificado y Resucitado— para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos. Acudan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el « Redentor del hombre », el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas.” (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, n. 26, 27,31)

Esta misión de intercesión por la santificación de los sacerdotes, se lleva a cabo a través de un apadrinamiento espiritual de sacerdotes determinados por parte de los miembros más frágiles de la sociedad mediante el ofrecimiento del sufrimiento y de oración.

Hasta el momento la poco conocida maternidad espiritual de los sacerdotes hace referencia generalmente a aquella maternidad espiritual ejercida por mujeres en su mayoría y preferentemente consagradas. La Familia María Madre ofrece una alternativa complementaria a esta maternidad mediante una adopción espiritual en la que todas aquellas personas sin voz en la sociedad son respetadas, amadas, aceptadas y consideradas dignas, como cualquier ser humano, de ayudar al prójimo.

Aunque ya existen otras iniciativas que ofrecen la posibilidad de orar por los sacerdotes, también por parte de personas enfermas o niños, la Familia María Madre extiende el voluntariado a todas aquellas personas que sufren de múltiples formas, o son discriminadas por cualquier causa. En este sentido se promueve la dignificación, valorización y reconocimiento social del prójimo más necesitado.

El Proyecto Belén descubre una doble y novedosa vertiente: Mediante un intercambio de amor misericordioso, Dios se acerca a todas aquellas personas que sufren y que son objeto de su predilección y compasión de la mano de sus ministros quienes, a su vez, con una sincera acogida, además de beneficiarse de la oración y ofrecimiento de sufrimiento a favor de su ministerio en estos momentos especialmente difíciles, contribuyen a devolverles la dignidad que la sociedad en muchas ocasiones les ha arrebatado y/o abren una vía de encuentro con la Iglesia.

La peculiaridad de esta iniciativa reside en el hecho de que muchas personas consideradas únicamente como beneficiarios de la misericordia por la particularidad de su actual condición de pobreza, enfermedad, ancianidad, discapacidad o múltiples modos de marginación social, se convierten, practicando la misericordia espiritual, en protagonistas de la misma.

Al mismo tiempo, la práctica de la misericordia espiritual abre un camino de santidad posible para cualquier ser humano, aún en las circunstancias más difíciles.

PROYECTO-BELEN

LA ACCIÓN EVANGELIZADORA DE ESTE PROYECTO SE BASA EN ALGUNOS ASPECTOS FUNDAMENTALES:

Este proyecto persigue que sus miembros, movidos por la caridad, descubran una vía de encuentro con la Buena Noticia de la salvación ofrecida a todos los hombres. Consecuentemente, la Familia María Madre acoge a todos los hombres de la familia humana conscientes de que son los destinatarios de la misma pues Dios desea la salvación de todos los hombres sin excepción.

“El Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos son llamados a ser sus miembros. Para subrayar este aspecto, Jesús se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la sociedad, dándoles preferencia, cuando anuncia la “Buena Nueva” (Lc 4, 18). A todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús les dice: “Bienaventurados los pobres” (Lc 6, 20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos (cf. Lc 5, 30; 15,2), tratándoles como a iguales y amigos (cf. Lc 7,34), haciéndolos sentirse amados por Dios y manifestando así su inmensa ternura hacia los necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32).

La liberación y la salvación que el Reino trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En la perspectiva de Jesús, las curaciones son también signos de salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe, la curación anima a ir más lejos: introduce en la salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos liberadores de la posesión del demonio, mal supremo y símbolo del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que “ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12, 28)” (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, nº 14).

El número de no bautizados y de bautizados que se aleja de la Iglesia aumenta día a día, por esta razón es necesario y positivo contribuir con nuevas propuestas para atraer de nuevo a estos fieles.

Hay, desgraciadamente, un numeroso número de fieles cristianos que por muchas causas no puede participar de la vida de la Iglesia, la Iglesia, sin embargo, no está dispensada de prestarles atención pastoral.

También existe un evidente y gran número, cada vez mayor, de fieles bautizados no practicantes.

En todos los casos todos los llamados a colaborar mediante el sostenimiento espiritual del sacerdocio pueden reencontrar una vía de acceso a la Buena Noticia y/o mantener un contacto con la Iglesia a la que pertenecen y de la que se han alejado o de la cual no pueden participar por diferentes motivos de una manera muy sencilla.

Para que la obra de evangelización su pueda llevar a cabo, el evangelizador debe mostrar un amor fraternal hacia aquellos a quienes evangeliza.

A pesar del trato constante con hermanos sufrientes la tarea de la evangelización se debe hacer desde la alegría y con alegría e irradiar la alegría que él mismo ha recibido de Cristo.

“Evangelio es alegría, y debe ser anunciado y comunicado desde la alegría de sentirse amados y salvados por Dios. Siempre que nos encontramos con la misericordia de Dios, revive en nosotros la alegría. Fruto de un encuentro con Jesús y de la experiencia de sentirse amados y salvados por él: “Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona.” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium nº. 3).  

El proyecto Belén contribuye a la edificación del reino de Cristo sirviendo al prójimo a través de la caridad y fomentando la dignidad de la persona y la fraternidad evangélica.

“Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 48)

Es importante destacar la importante tarea evangelizadora de nuestros hermanos sufrientes como evangelizadores del prójimo mediante su testimonio de alegría y esperanza.

Una manera esencial de evangelizar es mediante el testimonio. Por esta razón los miembros de la Familia María Madre aspiran a ser testigos del amor misericordioso de Dios hacia todos los hombres respetando a aquellos a quienes se evangeliza, a todos aquellos que sienten u obran de modo distinto al nuestro y anunciando en primera persona la experiencia del amor y el perdón de Dios.

Es del todo necesario que manifestemos con el testimonio de nuestra vida nuestra condición de bautizados en el Espíritu Santo siendo “luz del mundo” (Mt 5, 14) y “sal de la tierra” (Mt 5,13).

Nuestra caridad hacia el prójimo debe ser fraterna y universal, según el modelo de Cristo, sobre todo con aquellas personas aquejadas de sufrimientos de todo tipo o que padecen exclusión social por motivos diversos.

Una sincera apertura y sencillez de corazón, nuestras palabras, gestos y actitudes hacia nuestros hermanos sufrientes suponen un valioso testimonio que abre la vía a una evangelización por medio del amor pues “Todos conocerán que sois discípulos míos en una cosa: en que os tenéis amor los unos a los otros.” (Jn 13, 35). A fin de que fructifique verdaderamente en la Iglesia el testimonio cristiano, incluso para aquellos que no han oído hablar del Evangelio, “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

“No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios.” (Papa Francisco, Mensaje III Jornada Mundial de los Pobres, 7 2019)

La Familia María Madre pone en evidencia otra dimensión de la misión evangelizadora no menos importante, la conversión de la Iglesia y sus miembros.

La Iglesia siempre está necesitada de conversión, en este sentido todos sus miembros debemos examinar nuestra conciencia acerca de nuestra caridad apostólica para con el prójimo, a revisar nuestras actitudes hacia todos los hombres, especialmente hacia los más pobres y marginados, los pequeños, los que sufren, los excluidos. Todos los cristianos estamos llamados a ser signos del amor de Dios en el mundo abriendo el corazón al prójimo con acogida y compasión.

“Aunque la Iglesia, por la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios. Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio. De igual manera comprende la Iglesia cuánto le queda aún por madurar, por su experiencia de siglos, en la relación que debe mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de “exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia”.  (Pablo VI, Gaudium et Spes, nº. 43).

Desde la Familia María Madre se hace un llamamiento a todos los miembros de la Iglesia a abrir el corazón a todos los hermanos apartando cualquier tipo de discriminación y viendo en todos ellos almas amadas por Dios.

“Pidamos al Señor, para cada uno de nosotros, ojos que sepan ver más allá de la apariencia; oídos que sepan escuchar gritos, susurros y también silencios; manos que sepan sostener, abrazar y curar. Pidamos, sobre todo, un corazón grande y misericordioso, que desee el bien y la salvación de todos.” (Papa Francisco, Discurso, 3 de mayo de 2014).

MARÍA, ESTRELLA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

-Papa Francisco-

LOS INTEGRANTES DEL PROYECTO

Forman parte del proyecto Belén los Hermanitos Misioneros y los Sacerdotes Cooperadores de María Madre.

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LOS HERMANITOS MISIONEROS

“Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo
que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre
que está en los cielos”.

(Mt 18, 10-11)

Los Hermanitos Misioneros son todas aquellas personas víctimas de la miseria, de la  marginación y de otros padecimientos, bajo sus múltiples formas, que ofrecen su sufrimiento y oración, en unión al sacrificio de Jesús, por la santificación de un sacerdote determinado mediante un apadrinamiento espiritual, convirtiendo el valor redentor de su sufrimiento en un poderoso intercesor ante Dios.

“Hay un solo precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Mi sufrimiento en la cruz. El amor puro comprende estas palabras, el amor carnal no las comprenderá nunca”. (Diario de Santa Faustina, 324)

Lamentablemente existen muchas personas que viven marginadas en la sociedad por diversas causas. A muchas se las ha anulado por ser ancianas y no se las considera capaces o útiles; a otras no se las tiene en cuenta porque son pobres; otras se encuentran encarceladas y consideradas indignas por culpables; otras están enfermas físicamente o psíquicamente, consideradas incapaces de relacionarse con Dios o inútiles. Algunas personas no se consideran dignas y sufren porque han cometido errores y han perdido la esperanza y la confianza en la misericordia de Dios.

Todos estos hermanos nuestros son acogidos con especial predilección, también aquellos que padecen algún tipo de discapacidad, bien sea física o intelectual, y aunque algunas de estas personas, en función de sus distintas discapacidades, quizás no pueden orar por las vías de oración habituales sino con las suyas propias, tenemos la seguridad de que son escuchadas por Dios con un inmenso amor.

Creemos firmemente que, aunque en algunos casos aparentemente no pueden incluso relacionarse con el exterior –debido a su discapacidad-, su plegaria elevada al cielo, también en forma de sufrimiento, dolor,  lágrimas o el temblor de sus manos en actitud de ofrecimiento es la forma más elevada de oración que se pueda llevar a cabo. Dios no deja a nadie sin la posibilidad de comunicarse con Él.

Desgraciadamente muchos de estos hermanos nuestros son menospreciados en muchas ocasiones por personas que no las consideran válidas, dignas o capaces de hacer el bien al prójimo. No debemos olvidar que el hermano sufriente, en el que está especialmente presente Nuestro Señor, necesita de nuestro amor y aceptación.

Diariamente se comprueba cómo hay personas son ignoradas completamente o clasificadas como inútiles para la oración. También se oyen expresiones nada misericordiosas tales como “tiene Alzheimer, no sabe lo que hace ni lo que dice”, “Es autista…” olvidándose que Dios habita en su corazón y únicamente Él conoce el alma y se comunica con ella como con todos Sus hijos. 

En aquellos casos en que el voluntario padece alguna discapacidad podemos dar testimonio de que aceptan su misión reflejado en su sonrisa, intentos de movimientos para abrazar y de muchas distintas maneras, según nos indican sus familiares o cuidadores. Acoger con fe a estos hermanos es hacer un maravilloso reconocimiento de su dignidad.

Con frecuencia el nivel de exigencia para ser voluntario en muchas asociaciones impide a muchos hermanos nuestros poder colaborar como quisieran, bien sea por no disponer de medios económicos, por la cualificación profesional o personal requerida, falta de disponibilidad horaria, etc. La idoneidad de una persona para poder ayudar está, a menudo, en mano de todo tipo de personas, profesionales o cristianos que parece que han olvidado que para Dios sólo el amor con el que se ejerce la caridad cuenta.

Tal y como nos ha dicho Nuestro Señor, “la misericordia espiritual no necesita autorización ni granero siendo accesible a cualquier alma” (Diario de Santa Faustina, 1317) tan sólo buena voluntad y amor a Dios y al prójimo.

“Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana…

La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.“ (Juan Pablo II, Christifideles laici, 37)

“Es necesario que esta preciosísima herencia, que la Iglesia ha recibido de Jesucristo «médico de la carne y del espíritu», no sólo no disminuya jamás, sino que sea valorizada y enriquecida cada vez más mediante una recuperación y un decidido relanzamiento de la acción pastoral para y con los enfermos y los que sufren. Ha de ser una acción capaz de sostener y de promover atención, cercanía, presencia, escucha, diálogo, participación y ayuda concreta para con el hombre, en momentos en los que la enfermedad y el sufrimiento ponen a dura prueba, no sólo su confianza en la vida, sino también su misma fe en Dios y en su amor de Padre. Este relanzamiento pastoral tiene su expresión más significativa en la celebración sacramental con y para los enfermos, como fortaleza en el dolor y en la debilidad, como esperanza en la desesperación, como lugar de encuentro y de fiesta.

Uno de los objetivos fundamentales de esta renovada e intensificada acción pastoral —que no puede dejar de implicar coordinadamente a todos los componentes de la comunidad eclesial— es considerar al enfermo, al minusválido, al que sufre, no simplemente como término del amor y del servicio de la Iglesia, sino más bien como sujeto activo y responsable de la obra de evangelización y de salvación. Desde este punto de vista, la Iglesia tiene un buen mensaje que hacer resonar dentro de la sociedad y de las culturas que, habiendo perdido el sentido del sufrir humano, silencian cualquier forma de hablar sobre esta dura realidad de la vida. Y la buena nueva está en el anuncio de que el sufrir puede tener también un significado positivo para el hombre y para la misma sociedad, llamado como esta a convertirse en una forma de participación en el sufrimiento salvador de Cristo y en su alegría de resucitado, y, por tanto, una fuerza de santificación y edificación de la Iglesia.“  (Juan Pablo II, Christifideles laici, 54)

“Oh, si el alma que sufre supiera cuánto Dios la ama, moriría de gozo y de exceso de felicidad. Un día, conoceremos el valor del sufrimiento, pero entonces ya no podremos sufrir. El momento actual es nuestro.”

(Diario de Santa Faustina, 963).

La familia de Hermanitos Misioneros es muy amplia, tanto como el motivo de sus sufrimientos y marginación, pero presentamos brevemente algunos colectivos por ser los más numerosos de hermanos, obreros de la viña, llamados a la misión:

Los enfermos colaboran, independientemente de la característica o gravedad de su enfermedad mediante el ofrecimiento de sus sufrimientos en favor de la santificación de los sacerdotes.

“A todos y cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol arribó a la alegría: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros” (Col 1, 24). Del mismo modo, muchos enfermos pueden convertirse en portadores del “gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones” (1Tes 1,6) y ser testigos de la resurrección de Jesús. Como ha manifestado un minusválido en su intervención en el aula sinodal, “es de gran importancia aclarar el hecho de que los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor y de vejez no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado (cf 1Col 4,10-11; 1 Pe 4,13; Rom 8,18ss)” (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 53)

Nuestros hermanos con discapacidad intelectual son una fuente de alegría dentro de la Familia María Madre y gozan de una plena inclusión y aceptación. Como seres humanos creados por Dios e infinitamente amados por Él, aunque tantas veces silenciada su voz, nos ofrecen un testimonio vivo de esperanza y amor.

Como cualquier ser humano, con sus distintas capacidades, son criaturas dignas y capaces de comunicarse con Dios, es más, evidencian tener una vía de acceso preferencial por su sencillez y cercanía.

En la Familia María Madre las personas con discapacidad intelectual, no son consideradas como sujetos destinatarios de evangelización y de catequesis sino como verdaderos evangelizadores con su ejemplo de humanidad y caridad. Si verdaderamente esperamos su integración e incorporación en la vida de la Iglesia y de la sociedad así como valorar sus dones debemos cambiar nuestra mentalidad.

La participación en el Proyecto Belén, con una misión específica, abre una vía de acogida, plena inclusión y participación en la Iglesia a la que pertenecen, como hijos de Dios y ofrece una oportunidad de desarrollar su inmensa capacidad de amar al prójimo.

“El punto de partida de toda reflexión sobre la discapacidad radica en los principios fundamentales de la antropología cristiana: la persona discapacitada, aunque se encuentre debilitada en la mente o en sus capacidades sensoriales e intelectivas, es un sujeto plenamente humano, con los derechos sagrados e inalienables propios de toda criatura humana. En efecto, el ser humano, independientemente de las condiciones en las que se desarrolla su vida y de las capacidades que puede expresar, posee una dignidad única y un valor singular desde el inicio de su existencia hasta el momento de la muerte natural. La persona del discapacitado, con todas las limitaciones y los sufrimientos que la caracterizan, nos obliga a interrogarnos, con respeto y sabiduría, sobre el misterio del hombre. En efecto, cuanto más nos adentremos en las zonas oscuras y desconocidas de la realidad humana, tanto mejor comprenderemos que, precisamente en las situaciones más difíciles e inquietantes, emerge la dignidad y la grandeza del ser humano. La humanidad herida del discapacitado nos exige reconocer, acoger y promover en cada uno de estos hermanos y hermanas nuestros el valor incomparable del ser humano creado por Dios para ser hijo en el Hijo…

No cabe duda de que las personas discapacitadas, al revelar la fragilidad radical de la condición humana, son una expresión del drama del dolor y, en nuestro mundo, sediento de hedonismo y cautivado por la belleza efímera y falaz, sus dificultades se perciben a menudo como un escándalo y una provocación, y sus problemas como una carga que hay que apartar o resolver expeditivamente. En cambio, son imágenes vivas del Hijo crucificado. Revelan la belleza misteriosa de Aquel que se anonadó por nosotros y se hizo obediente hasta la muerte. Nos muestran que la consistencia última del ser humano, más allá de toda apariencia, está en Jesucristo. Por eso, se ha dicho con razón que las personas discapacitadas son testigos privilegiados de humanidad. Pueden enseñar a todos cuál es el amor que salva y convertirse en heraldos de un mundo nuevo, en el que ya no reinan la fuerza, la violencia y la agresividad, sino el amor, la solidaridad y la acogida, un mundo nuevo transfigurado por la luz de Cristo, el Hijo de Dios que por nosotros, los hombres, se encarnó, fue crucificado y resucitó.”(Juan Pablo II, Simposio sobre la dignidad y los derechos de los discapacitados mentales, 5 de enero de 2004, 2, 6)

Exhortamos a nuestros hermanos perseguidos a causa de la fe a unir su sufrimiento al sacrificio de la cruz para la santificación de los sacerdotes y especialmente por los misioneros que llevan a cabo la tarea de evangelización de millones de hermanos que no conocen a Cristo o que realizan su tarea misionera en territorios de persecución de la Iglesia.

“Libres para invocar el nombre del Señor:

“El Sínodo no ha olvidado a tantos hermanos y hermanas que todavía no gozan de tal derecho y que deben afrontar contradicciones, marginación, sufrimientos, persecuciones, y tal vez la muerte a causa de la confesión de la fe. En su mayoría son hermanos y hermanas del laicado cristiano. El anuncio del Evangelio y el testimonio cristiano de la vida en el sufrimiento y en el martirio constituyen el ápice del apostolado de los discípulos de Cristo, de modo análogo a como el amor a Jesucristo hasta la entrega de la propia vida constituye un manantial de extraordinaria fecundidad para la edificación de la Iglesia. La mística vid corrobora así su lozanía, tal como ya hacía notar San Agustín: «Pero aquella vid, como había sido preanunciado por los Profetas y por el mismo Señor, que esparcía por todo el mundo sus fructuosos sarmientos, tanto más se hacía lozana cuanto más era irrigada por la mucha sangre de los mártires». (Juan Pablo II, Christifideles laici, 39)

Dentro del proyecto Belén ofrecemos la posibilidad de colaborar a muchas personas que han cometido errores, algunas se encuentran privadas de libertad. La Familia María Madre y sus miembros, persiguiendo el modelo de amor infinito y misericordioso de Dios “rico en misericordia” acoge a los hermanos en la cárcel con misericordia, viendo en ellos el hijo pródigo que el Padre desea abrazar.

“La misericordia supera todo muro, toda barrera, y te conduce a buscar siempre el rostro de hombre, de la persona. Y es la misericordia la que cambia el corazón y la vida, que puede regenerar a una persona y permitirle incorporarse de un modo nuevo en la sociedad.” (Papa Francisco, Audiencia, 10 de septiembre de 2014).

A pesar de los prejuicios y aunque muchas personas puedan considerar imposible su conversión, ofrecemos un lugar de reconciliación y encuentro convencidos de que “nada hay imposible para Dios” (Lc 1, 37). “Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.”  (Pablo VI, Gaudium et Spes, 28).

Nuestros hermanos de la cárcel se sienten en muchas ocasiones desesperanzados y necesitados del perdón de Dios en sus vidas. Ellos pueden también practicar una obra de misericordia ofreciendo sus sufrimientos en favor de un sacerdote, contribuir en la construcción del Reino y reparar por sus pecados de manera que podamos dar gloria a Dios y decir Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. (Lc 19, 9-10)

“Ahora entiendo que incluso en la cárcel, de un corazón puro puede prorrumpir una abundancia de amor por Ti, Señor. Las cosas exteriores no tienen importancia para un corazón puro, él penetra todo. Ni las puertas de una cárcel, ni las puertas del cielo presentan alguna fuerza para él. Él llega a Dios mismo y nada es capaz de apagarlo. Para él no existen barreras, es libre como un rey y tiene la entrada libre en todas partes. La muerte misma tiene que bajar la cabeza frente a él…” (Diario de Santa Faustina, 201).

Los ancianos son un tesoro para la Iglesia y son acogidos con gran afecto dentro de nuestra Familia.

“A las personas ancianas —muchas veces injustamente consideradas inútiles, cuando no incluso como carga insoportable— recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera, que no sólo es posible y obligada también a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y original….

El acrecentado número de personas ancianas en diversos países del mundo, y la cesación anticipada de la actividad profesional y laboral, abren un espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos….

No obstante la complejidad de los problemas que debéis resolver y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de las insuficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial, las incomprensiones de una sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen de la vida de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar.” (Juan Pablo II, Christifideles laici, 48)

Los niños en la Familia María Madre tienen un lugar destacado. Aunque su dignidad se ve tantas veces menospreciada y sufren también marginación y violencia realizan su tarea misionera como Servidores de María Madre. Ellos colaboran con el sostenimiento espiritual de todo el sacerdocio católico, aunque también pueden apadrinar un sacerdote si lo desean.

 

Los pobres no son únicamente destinatarios de ayuda, material o espiritual, antes bien también pueden hacer mucho por el prójimo practicando la misericordia espiritual. Los pobres y vulnerables atraen la mirada compasiva de Jesús y les animamos a ofrecer sus sufrimientos en esta misión en favor de la Iglesia.

“Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres…

El contexto que el salmo describe se tiñe de tristeza por la injusticia, el sufrimiento y la amargura que afecta a los pobres. A pesar de ello, se ofrece una hermosa definición del pobre. Él es aquel que «confía en el Señor» (cf. v. 11), porque tiene la certeza de que nunca será abandonado. El pobre, en la Escritura, es el hombre de la confianza. El autor sagrado brinda también el motivo de esta confianza: él “conoce a su Señor” (cf. ibíd.), y en el lenguaje bíblico este “conocer” indica una relación personal de afecto y amor.

Estamos ante una descripción realmente impresionante que nunca nos hubiéramos imaginado. Sin embargo, esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre. Su fuerza creadora supera toda expectativa humana y se hace realidad en el “recuerdo” que él tiene de esa persona concreta (cf. v. 13). Es precisamente esta confianza en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza. El pobre sabe que Dios no puede abandonarlo; por eso vive siempre en la presencia de ese Dios que lo recuerda. Su ayuda va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo.

La descripción de la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura. Él es aquel que “escucha”, “interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”… En definitiva, el pobre nunca encontrará a Dios indiferente o silencioso ante su oración. Dios es aquel que hace justicia y no olvida (cf. Sal 40,18; 70,6); de hecho, es para él un refugio y no deja de acudir en su ayuda (cf. Sal 10,14)…

Es necesario, sobre todo en una época como la nuestra, reavivar la esperanza y restaurar la confianza. Es un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos.

La Iglesia, estando cercana a los pobres, se reconoce como un pueblo extendido entre tantas naciones cuya vocación es la de no permitir que nadie se sienta extraño o excluido, porque implica a todos en un camino común de salvación. La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización…“ (Papa Francisco, Mensaje III Jornada Mundial de los Pobres, 2,3,4, 2019)

“Vosotros, los abandonados y marginados por nuestra sociedad consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres, hambrientos, emigrantes, prófugos, prisioneros, desocupados, ancianos, niños abandonados y personas solas; vosotros, víctimas de la guerra y de toda violencia que emana de nuestra sociedad permisiva: la Iglesia participa de vuestro sufrimiento, que conduce al Señor, el cual os asocia a su pasión redentora y os hace vivir a la luz de su redención. Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor. Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en la sociedad y en la Iglesia“. (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 53)

Los Hermanitos Misioneros destacan por su humildad, sencillez y generosidad y, aunque colaboran sin esperar nada a cambio, por amor a Dios y al prójimo, no es el objetivo final de esta obra de misericordia. Para lograr el objetivo del proyecto Belén y, a causa de la particularidad del carisma de la Familia María Madre, es muy conveniente la colaboración de los Sacerdotes Cooperadores de María Madre.

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LOS SACERDOTES COOPERADORES DE MARÍA MADRE

"Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios"

(Mt 10,7-8)

Los Sacerdotes Cooperadores de María Madre, son sacerdotes que cooperan con Santa María, Madre de Misericordia y Madre del Redentor, solicitando apadrinamiento y acogiendo con amor misericordioso el ofrecimiento de los Hermanitos Misioneros de modo que pueda llevarse a cabo el anuncio del amor misericordioso de Dios hacia todas las criaturas.

“María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —como nadie— la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la humanidad; es la participación en la revelación definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el « beso » dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su « fiat » definitivo.

María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia…

Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no obstante de ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como de aquella que, habiendo experimentado la misericordia de modo excepcional, « merece » de igual manera tal misericordia a lo largo de toda su vida terrena, en particular a los pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella que a través de la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los que no ven, los oprimidos y los pecadores, tal como habló de ellos Cristo, siguiendo la profecía de Isaías, primero en la sinagoga de Nazaret y más tarde en respuesta a la pregunta hecha por los enviados de Juan Bautista.

Precisamente, en este amor « misericordioso », manifestado ante todo en contacto con el mal moral y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado —participaba María—. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es éste uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación.

« Esta maternidad de María en la economía de la gracia —tal como se expresa el Concilio Vaticano II— perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada ». (Juan Pablo II, Dives in Misericordia, n. 9)

“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De ese amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia…

La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, 11, 12, 25).

“La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular, en el camino de sufrimiento. En un encuentro de tal índole el hombre ‘constituye el camino de la Iglesia’, y es éste uno de los caminos más importantes”. El hombre que sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen samaritano que “no pasó de largo”, sino que “tuvo compasión y, acercándose, vendó sus heridas (…) y cuidó de él (Lc 10, 32-34).

A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar la parábola evangélica del buen samaritano en la inmensa multitud de personas enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y consolación de Jesucristo.“ (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 53).

“Fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere muchas palabras sino una mirada de amor y una mano tendida. No olvidéis nunca que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual» (ibíd., 200).

Antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. Dios se vale de muchos caminos y de instrumentos infinitos para llegar al corazón de las personas. Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor.

A veces se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo.“ (Papa Francisco, Mensaje III Jornada Mundial de los Pobres, 8, 9 2019)

Es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea—en cuanto posible—en la de todos los hombres de buena voluntad…

La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia—el atributo más estupendo del Creador y del Redentor—y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora…

Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a « usar misericordia » con los demás: « Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia ». La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la misericordia. Si todas las bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente. El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo

El amor misericordioso, en las relaciones recíprocas entre los hombres, no es nunca un acto o un proceso unilateral. Incluso en los casos en que todo parecería indicar que sólo una parte es la que da y ofrece, mientras la otra sólo recibe y toma (por ejemplo, en el caso del médico que cura, del maestro que enseña, de los padres que mantienen y educan a los hijos, del benefactor que ayuda a los menesterosos), sin embargo en realidad, también aquel que da, queda siempre beneficiado. En todo caso, también éste puede encontrarse fácilmente en la posición del que recibe, obtiene un beneficio, prueba el amor misericordioso, o se encuentra en estado de ser objeto de misericordia.

Cristo crucificado, en este sentido, es para nosotros el modelo, la inspiración y el impulso más grande. Basándonos en este desconcertante modelo, podemos con toda humildad manifestar misericordia a los demás, sabiendo que la recibe como demostrada a sí mismo. Sobre la base de este modelo, debemos purificar también continuamente todas nuestras acciones y todas nuestras intenciones, allí donde la misericordia es entendida y practicada de manera unilateral, como bien hecho a los demás. Sólo entonces, en efecto, es realmente un acto de amor misericordioso: cuando, practicándola, nos convencemos profundamente de que al mismo tiempo la experimentamos por parte de quienes la aceptan de nosotros.

Si falta esta bilateralidad, esta reciprocidad, entonces nuestras acciones no son aún auténticos actos de misericordia, ni se ha cumplido plenamente en nosotros la conversión, cuyo camino nos ha sido manifestado por Cristo con la palabra y con el ejemplo hasta la cruz, ni tampoco participamos completamente en la magnífica fuente del amor misericordioso que nos ha sido revelada por El.

Así pues, el camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la misericordia. Tales juicios consideran la misericordia como un acto o proceso unilateral que presupone y mantiene las distancias entre el que usa misericordia y el que es gratificado, entre el que hace el bien y el que lo recibe. Deriva de ahí la pretensión de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales, y basarlas únicamente en la justicia. No obstante, tales juicios acerca de la misericordia no descubren la vinculación fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla toda la tradición bíblica, y en particular la misión mesiánica de Jesucristo. La auténtica misericordia es por decirlo así la fuente más profunda de la justicia. Si ésta última es de por sí apta para servir de « árbitro » entre los hombres en la recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada el amor en cambio, y solamente el amor, (también ese amor benigno que llamamos « misericordia ») es capaz de restituir el hombre a sí mismo.

La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más perfecta encarnación de la « igualdad » entre los hombres y por consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia, en cuanto también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado. La igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia. Al mismo tiempo, la « igualdad » de los hombres mediante el amor « paciente y benigno » no borra las diferencias: el que da se hace más generoso, cuando se siente contemporáneamente gratificado por el que recibe su don; viceversa, el que sabe recibir el don con la conciencia de que también él, acogiéndolo, hace el bien, sirve por su parte a la gran causa de la dignidad de la persona y esto contribuye a unir a los hombres entre sí de manera más profunda.

Así pues, la misericordia se hace elemento indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre los hombres…es también indispensable en la educación y en la pastoral…

El mundo de los hombres puede hacerse “cada vez más humano”, solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las relaciones entre los hombres…

Por esto, la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales –en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea- el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús.” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, VII La misericordia de Dios en la misión de la Iglesia)

“Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios” (Benedicto XVI, Encuentro con el Clero, 25 de mayo de 2006)
“¿Por qué os turbáis? ¿Por qué alberga dudas vuestra mente? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo”

(Lc 24, 38-39)

OTRAS ACTIVIDADES COMPLEMENTARIAS DEL PROYECTO

Como parte del Proyecto Belén podemos realizar otras actividades complementarias al ofrecimiento de oración tales como:

  • Visitas a Hermanitos Misioneros internos en distintos centros.
  • Edición de materiales de oración adaptados a las diferentes capacidades intelectuales.
  • Promoción de la adoración eucarística en residencias de ancianos, centros penitenciarios y otros centros.
  • Entrega gratuita de materiales de oración y sacramentales: rosarios, medallas, Evangelios, cuadernos de oración y otros a hermanos sin recursos económicos.

MARÍA, TESTIGO EJEMPLAR DEL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

Estamos unidos contigo en la plegaria,
Madre de Cristo: contigo,
que has participado en sus sufrimientos.
Tú nos conduces al Corazón de tu Hijo
agonizante en la cruz
cuando, en su despojo total,
se revela hasta el fondo como Amor.
Oh tú, que has participado en sus sufrimientos,
permítenos perseverar siempre
en el abrazo de este misterio.
¡Madre del Redentor!
¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!

-San Juan Pablo II-

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