PROYECTOS

NUESTROS PROYECTOS

Junto a María, todos unidos en una misma misión.
"¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’ Le respondieron: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Dijo él: ‘Id también vosotros a la viña."

(Mt 20, 6-7)

LLAMADOS A LA VIÑA

Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo.“ (Juan Pablo II, Christifideles laici, 2)

El sostenimiento espiritual del sacerdocio católico, como don absolutamente necesario en la misión de la Iglesia, es la parcela de la viña en la que los miembros de la Familia trabajamos y lo hacemos practicando la misericordia espiritual.

“Hija mía, necesito sacrificios hechos por amor, porque sólo éstos tienen valor para Mí. Es grande la deuda del mundo contraída Conmigo, la pueden pagar las almas puras con sus sacrificios, practicando la misericordia espiritualmente.” (Diario de Santa Faustina, 1316)

Los integrantes de los diferentes proyectos nos sentimos llamados a tomar conciencia de nuestra responsabilidad en la comunión y en la misión de la Iglesia. Acogemos el llamamiento del Señor a trabajar en su viña y lo hacemos recibiendo a todas aquellas personas de buena voluntad que deseen colaborar con independencia de su situación personal pues reconocemos la dignidad de todo ser humano creado a imagen de Dios.

Pero nuestra misión se extiende más allá de la intercesión por el sacerdocio ministerial pues, a través de nuestros proyectos, participamos en la misión de la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo.

Todos y cada uno de nuestros proyectos están encaminados a esta misión y en todos y cada uno de ellos hay un lugar para labrar y sembrar en la viña pues todos somos sarmientos de una misma vid, el Señor, quien nos convoca.

Para trabajar en esta parcela de la viña que es la Familia María Madre tratamos de vivir la misericordia y la invitación de San Pablo “Acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios” (Rm 15,7) pues el Señor ama a todas sus criaturas y no tiene en cuenta nuestras pobrezas ni debilidades, nuestros pecados ni nuestras capacidades, nuestro estado ni nuestra condición sino el amor con el que queremos servirle.

La caridad al prójimo es el alma y la luz de todos nuestros proyectos “La caridad es el más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación de la Iglesia y para el bien de la humanidad” (Juan Pablo II, Christifideles laici, 41)

Acogemos el espíritu de las Bienaventuranzas que nos anima en nuestra misión a pesar de las dificultades sabiendo que el Reino de los Cielos está especialmente en los más pequeños, en los pobres y en los que sufren.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mt 5, 3-10)

Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En, efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto “comunión de los santos”. Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos –a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre- hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices –por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente- del crecimiento del reino de Dios en la historia…La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros de la Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión y de fraternidad y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. “Grava sobre todos los laicos –leemos en el concilio- la gloriosa carga de trabajar para que el designio divino de salvación alcance cada día más a todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra”. (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 17)

¡Contamos con la gracia del Espíritu Santo que nos acompaña y nos invita a la misión!

NUESTROS PROYECTOS

Para dar cumplimiento a nuestros fines, desde la Familia María Madre
llevamos a cabo diversas actividades mediante los siguientes proyectos:

PROYECTO BELÉN

Voluntariado de intercesión por la santificación de los sacerdotes.

PROYECTO NAZARET

Voluntariado de intercesión por la santificación de los sacerdotes.

PROYECTO GALILEA

Voluntariado de oración por las vocaciones sacerdotales.

PROYECTO STELLA MARIS

Voluntariado de intercesión por los sacerdotes difuntos.

LA FAMILIA ESTÁ ABIERTA A FUTUROS PROYECTOS

MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA

Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.

Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.

En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.

Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.

Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.

Virgen Madre,
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.

Amén.

– San Juan Pablo II-

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